El Antilibro

Tesis final para aspirar al grado de Master en Dirección Estratégica en Tecnologías de la Información

La importancia de la divulgación científica en la función universitaria

“De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”. 

Jorge Luis Borges

Desde la creación de las primeras instituciones universitarias en la Baja Edad Media, que sustituyeron a las escuelas palatinas, monásticas y episcopales, la divulgación del saber académico ha ocupado un rol preeminente.

Estas primeras universidades, en tanto que modelos de enseñanza y de transmisión del saber, se constituyeron en comunidades de maestros y aprendices, y forjaron los orígenes de la Universidad moderna.

Entre sus esenciales cometidos, tenían como fin la divulgación del saber; esto es, la divulgación del conocimiento en forma directa, desde el maestro sentado en su cátedra al alumno que debía retener los conocimientos transmitidos por su enseñante.

Así, se estableció un orden jerárquico compuesto por diversos rangos académicos, donde solo el conocimiento permitía el ascenso de grado. Esto fundamentalmente servía para que, con los años, el conocimiento y la experiencia adquiridas, el alumno tomara el lugar del maestro (su cátedra, en sentido literal), y pudiera impartir lo aprendido, lo asimilado y lo recientemente descubierto.

Las primeras universidades que pueden considerarse como la génesis de la universidad moderna surgieron en Italia, Inglaterra, España y Francia, y las disciplinas principales que impartieron fueron el Derecho, la Medicina y por supuesto, la Teología. No obstante, esto no fue óbice para el desarrollo de nuevas y conexas disciplinas, como la retórica, la gramática y la lógica, o las artes liberales, cuya combinatoria, más adelante, desembocaría en la Filosofía.

Resulta interesante indagar en la metodología de estudio aplicada, pues puede constatarse de este modo que en esencia, los problemas del siglo XIII en referencia al acceso al conocimiento y la formación se mantienen, salvando las magnitudes temporales y escalares, bastante incambiados hasta hoy.

La dinámica de aula y de impartición de lecciones se llevaba a cabo a través de la lección magistral, y los estudiantes tomaban apuntes o notas durante las lecciones. Así pues, surgió la creación y circulación de apuntes en copia manuscrita, en pliegos de cuatro folios de piel de carnero, que recibieron el nombre de pecias. Las pecias conformaron la primer vía de difusión del conocimiento adquirido por los estudiantes, y no tardó en montarse un mercado en torno a ellas. Era común encontrar pecias distintas de diversos copistas, que juntas conformaban un ejemplar único. O bien, la recopilación de todos los conocimientos impartidos en un solo volumen.

Es menester aclarar que este fenómeno se dio, esencialmente, por la dificultad que suponía en la Edad Media conseguir los libros de estudio, ya fuese por su elevado coste, o bien por ser piezas únicas o raras, solo accesibles en las grandes bibliotecas o en los monasterios.

Las universidades continuaron su avance espacial y temporalmente. En el devenir de los tiempos se multiplicaron por Europa, y luego fueron recreadas en las Américas, en Asia y en África.

Si bien las universidades modernas parten de distintos orígenes y tienen improntas propias, así como perfiles ideológicos y enfoques diversos, continúan cumpliendo su rol principal. Es decir, ser focos generadores de conocimiento, y artífices de la divulgación académica del mismo al interno de la estructura universitaria tanto como su vuelco sobre la sociedad en general.

El término “Universidad”, que deriva del latín universitas magistrorum et scholarium, continúa refiriendo a ese mismo concepto: a una comunidad de estudiantes y profesores en la búsqueda del conocimiento como fin y como medio, y su aplicación práctica en el entorno cultural en el que éste se enmarca.

Desde los antiguos gremios medievales hasta el presente, la función universitaria ha ido en aumento, y también su importancia social. Así, la misión de las universidades se incrementó y pasó de tener únicamente un fin de enseñanza, a abarcar tareas de investigación, desarrollo, y extensión, áreas en las que se desempeña la universidad moderna.

Sin embargo, aunque las dinámicas de enseñanza han cambiado, y las metodologías de investigación han evolucionado sustancialmente con el paso de los siglos, la divulgación del conocimiento científico siempre ha enfrentado barreras. Barreras de diverso orden, desde el más comercial e involucrado con el mercado hasta el más práctico o burocrático; siempre en perjuicio del usuario final de ese conocimiento; el estudiante, el docente, el investigador. En definitiva, el hacedor del conocimiento.

Hoy por hoy, los programas universitarios, los llamados a ascensos o nuevos cargos, y en definitiva la meritocracia académica hegemónica, otorgan un rol preponderante a las publicaciones científicas. Este proceder no debería resultar extraño, ya que la cantidad de publicaciones realizadas tiene vinculación directa con la divulgación científica lograda por el postulante, ya sea estudiante, docente o investigador.

Resulta claro que una investigación o un trabajo científico de poco vale si no adquiere la dimensión pública necesaria que logre internalizarlo en el saber académico global, ya como fin en sí mismo, o bien como paso intermedio para ulteriores investigaciones. Por ende, la importancia de las publicaciones como vehículo de la transmisión del conocimiento es de enorme relevancia.

Desde la publicación mediante copistas de las pecias medievales hasta las formas de publicación más actuales, muchas han sido las variantes y las estructuras académicas y administrativas articuladas para lograr la correcta divulgación del conocimiento.

Sin embargo, se sigue poniendo énfasis en la forma de publicación más tradicional y la que más dificultades conlleva: la impresión. Y dentro de ella, se sigue rindiendo culto al  tradicional concepto de “libro”, relegando otras opciones y sistemas que podrían multiplicar la difusión y brindar nuevas herramientas para la correcta divulgación científica.

Este trabajo tratará sobre un caso concreto, que es la Universidad de la República, y sus problemas particulares al respecto de la divulgación académica. No obstante, dicho caso puede ser equiparable a otros institutos, facultades y universidades.

“El Antilibro” es al mismo tiempo una figura poética y una consigna a favor de la búsqueda, estudio e implementación de un sistema integral de divulgación académica de la producción universitaria a través de las nuevas tecnologías de la información.

O en otras palabras, la búsqueda de un actualizado sistema de difusión de nuestras pecias modernas.